Redes

viernes, 2 de julio de 2010

José de Sousa Saramago ( 16 /11/1922 - 18/06/2010)


SIN PAPELES
4 de Diciembre de 1998, El Mundo


La identidad de una persona no es el nombre que tiene, el lugar donde nació, ni la fecha en que vino al mundo. La identidad de una persona consiste, simplemente, en ser, y el ser no puede ser negado. Presentar un papel que diga cómo nos llamamos y dónde y cuándo nacimos, es tanto una obligación legal como una necesidad social. Nadie, verdaderamente, puede decir quién es, pero todos tenemos derecho de poder decir quiénes somos para los otros. Para eso sirven los papeles de identidad.
Negarle a alguien el derecho de ser reconocido socialmente es lo mismo que retirarlo de la sociedad humana. Tener un papel para mostrar cuando nos pregunten quiénes somos es el menor de los derechos humanos (porque la identidad social es un derecho primario) aunque es también el más importante (porque las leyes exigen que de ese papel dependa la inserción del individuo en la sociedad).

La ley está para servir y no para ser servida. Si alguien pide que su identidad sea reconocida documentalmente, la ley no puede hacer otra cosa que no sea registrar ese hecho y ratificarlo.
La ley abusará de su poder siempre que se comporte como si la persona que tiene delante no existe. Negar un documento es, de alguna forma, negar el derecho a la vida. Ningún ser humano es humanamente ilegal, y si, aún así, hay muchos que de hecho lo son y legalmente deberían serlo, ésos son los que explotan, los que se sirven de sus semejantes para crecer en poder y riqueza. Para los otros, para las víctimas de las persecuciones políticas o religiosas, para los acorralados por el hambre y la miseria, para quien todo le ha sido negado, negarles un papel que les identifique será la última de las humillaciones.


Ya hay demasiada humillación en el mundo, contra ella y a favor de la dignidad, papeles para todos, que ningún hombre o mujer sea excluido de la comunidad humana.


viernes, 25 de junio de 2010

Principito de amor

- Adiós —dijo el zorro—. He aquí mi secreto, que no puede ser más simple: sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos.

—Lo esencial es invisible para los ojos —repitió el principito para acordarse.
—Lo que hace más importante a tu rosa, es el tiempo que tú has perdido con ella.
—Es el tiempo que yo he perdido con ella... —repitió el principito para recordarlo.

—Los hombres han olvidado esta verdad —dijo el zorro—, pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Tú eres responsable de tu rosa...

—Yo soy responsable de mi rosa... —repitió el principito...

jueves, 24 de junio de 2010

NOCHE DE SAN JUAN


Esta es una fecha en la que numerosas leyendas fantásticas son unánimes al decir que es un período en el que se abren de par en par las invisibles puertas del “otro lado del espejo”: se permite el acceso a grutas y castillos encantados; se liberan de sus prisiones las princesas, braman los dragones, afloran raros espíritus duendiles, las mozas enamoradas sueñan y adivinan quién será el galán que las despose; las plantas venenosas pierden su dañina propiedad y, en cambio, las salutíferas centuplican sus virtudes, el rocío cura ciento y una enfermedades y además hace más hermoso y joven a quien se embadurne todo el cuerpo, los helechos florecen al dar las doce campanadas... y todo esto ya nos viene desde tiempos medievales en la literatura:

Romance del Infante Arnaldos

¡Quién hubiera tal ventura sobre las aguas del mar

como hubo el Infante Arnaldos la mañana de San Juan!

Andando a buscar la caza para su falcón cebar,

vio venir una galera que a tierra quiere llegar;

las velas trae de sedas,

la ejarcia de oro torzal,

áncoras tiene de plata,

tablas de fino coral.

Marinero que la guía,

diciendo viene un cantar,

que la mar ponía en calma,

los vientos hace amainar;

los peces que andan al hondo,

arriba los hace andar;

las aves que van volando,

al mástil vienen posar.

Allí habló el infante Arnaldos,

bien oiréis lo que dirá:

-Por tu vida, el marinero,

digasme ora ese cantar.

Respondióle el marinero,

tal respuesta le fue a dar:

-Yo no digo mi canción

sino a quien conmigo va.

miércoles, 23 de junio de 2010

Los escritores predilectos de Ernesto Sábato

Yo fui un chico solitario, apartado de los juegos y de las travesuras que alegran la vida de los niños. Encerrado en mi cuarto, como detrás de una ventana, por las tardes veía pasar la vida. Y ya desde entonces mi salvación provino del arte. Pasaba las horas tirado en el piso, panza abajo, dibujando con las pinturitas que me compraba mi hermano Pancho. Pero imborrable es el recuerdo de mis primeras lecturas. Fue Pepe, “el loco Sábato”, el que luego se escaparía con un circo, el que me inició en la magia infinita de los libros. Él amaba el teatro, siempre andaba buscando un papel, por modesto que fuera, para poder actuar. Y todos sus ahorros iban a la colección Bambalinas que editaba grandes obras de teatro en pequeñas ediciones populares. Allí conocí a Tolstoi, y la tapa del libro, ilustrada con una troika, está indisolublemente unida en mi alma a la gratitud por aquel escritor que tanto enriqueció mi infancia. Para los 12 años yo ya había leído toda aquella colección que incluía autores de sainetes tanto como autores de la gravedad de Ibsen.

Otra posta en la que encontró reposo mi alma angustiada fue, ya en el Colegio Secundario de La Plata, su Biblioteca. Y lo pongo con mayúscula porque fue un Templo para mí, adonde llegué como un verdadero peregrino. El bibliotecario era como el portero del cielo a quien le es dado abrir las puertas de un mundo prodigioso que venía en volúmenes gastados, y hasta rotosos, que yo luego devoraba en la soledad del cuartito donde vivía, alejado de mi familia, en esas oscuras tardes invernales que ahondan vertiginosamente los pensamientos tristes. Así comenzó mi pasión por la literatura, primero a través de los libros de Salgari y de Julio Verne, y luego, porque un libro lleva inexorablemente a otro, a los más grandes de todos los tiempos, a esos que exploran los abismos del corazón del hombre, y lo rescatan, y lo moldean como una fragua.

¡Qué hubiese sido de mí sin los libros! Por la grandeza de los sentimientos, por la actitud desinteresada y utópica ante la vida, me identifiqué, aunque mejor sería decir me enamoré, del Romanticismo alemán, ese movimiento que produjo uno de los grandes momentos de la historia del arte. Y lo hizo paradójicamente cuando la técnica y el capitalismo estaban dando su gran batalla. De nada de lo que hice después, ni de mis luchas ni de las novelas que escribí, ni de mis cuadros ni de los valores que sustentaron mi vida, están ausentes aquellos creadores que forjaron mi alma. Los Bandidos de Schiller, Hölderlin, Oscar Wilde, Baudelaire, Kafka, London, Goethe y Rousseau. Con el tiempo descubrí a los nórdicos, Ibsen, Stringberg, y a los trágicos rusos que tanto me influyeron: Dostoievski, Tolstoi, Gogol; hasta el Mío Cid y el gran Quijote. Obras a las que una vez y otra vuelvo como quien regresa a una tierra añorada en el exilio donde acontecieron hechos fundamentales de su vida.

Como se puede apreciar en las montañas las distintas eras por las que atravesó la tierra, observando sus quebradas, así, los libros que he frecuentado en cada tiempo de mi vida hablan profundamente de lo momentos cruciales por los que atravesé.

Del mismo modo, cuánta ha sido la influencia en la vida de los hombres, en sus sentimientos, de Dickens, de Gorki, Camus, Miguel Hernández, Pavese y Dostoievski, gran profeta, a quien nada menos que Kierkegaard y Freud nombran como su predecesor. Y qué decir de los libros sagrados como el Corán o la Biblia, que han merecido hasta el sacrificio de la vida.

Porque leer no es un pasatiempo; la lectura verdadera es una re-creación. El libro tiene una vida que le da su autor y otra que va naciendo en el encuentro con el alma de cada lector.

Santos Lugares, diciembre 1999

martes, 22 de junio de 2010

De Invierno

En invernales horas, mirad a Carolina.
Medio apelotonada, descansa en el sillón,
envuelta con su abrigo de marta cibelina
y no lejos del fuego que brilla en el salón.

El fino angora blanco junto a ella se reclina,
rozando con su hocico la falda de Aleçón,
no lejos de las jarras de porcelana china
que medio oculta un biombo de seda del Japón.

Con sus sutiles filtros la invade un dulce sueño:
entro, sin hacer ruido: dejo mi abrigo gris;
voy a besar su rostro, rosado y halagüeño

como una rosa roja que fuera flor de lis.
Abre los ojos; mírame con su mirar risueño,
y en tanto cae la nieve del cielo de París.


Rubén Darío

lunes, 21 de junio de 2010

El pequeño universo


¿Viajar? ¿Y para qué? El que anhela viajar
nunca verá la tierra, ni los cielos, ni el mar...

Será un ciego, mendigo de verdad. Su mirada
pasará por las cosas sin saber nunca nada.

Yo sé que entre las cuatro paredes de mi huerto
tengo encerradas todas las verdades del mundo:
el pasado brumoso y el porvenir incierto.
Mi huerto es un pequeño universo profundo.

Yo siento las más altas leyes del universo
en la hoja que cae y en el agua que juega...
La santa vida todas sus verdades me entrega
y yo no le doy nada más que mi pobre verso...

Ni la gloria, ni el oro, ni la carne, ni el mundo.
Mi huerto es un pequeño universo profundo.

Daniel de la Vega
(1892 - 1971)

viernes, 18 de junio de 2010


"Somos la memoria que tenemos
y la responsabilidad que asumimos,
sin memoria no existimos
y sin responsabilidad
quizá no merezcamos existir."


José Saramago (1922 - 2010)