De noche, tal vez a las diez, a las doce
la soledad recobra su cara de cadáver,
frente al solitario plato, como una luna, plana
el cubierto golpea su metal desolado.
Yo y mi sombra y mi hambre de amor y de manos
mi sed de palabras.
A las diez de la noche el reloj es tan nítido
que el corazón llora pausado sus mil tardes.
A las diez, a las doce, un silencio sin nada
nos dice tristemente de todos nuestros muertos
de una angustia tan honda de puñales y clavos
y de una desesperada necesidad de algo.
Pero el cuerpo está tibio y el teléfono calla
nadie dice el nombre que siempre nos nombraba
el amor, un amigo, aquel árbol, la calle,
un domingo, un regreso, una perdida carta.
Llamo a un número a ciegas, a un nombre
que no es nada.
Nadie está a las diez de la noche.
Alba Roballo

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