jueves, 11 de agosto de 2011

Carta de un hijo a todos los padres del mundo



No me grites. Te respeto menos cuando lo haces. Y me enseñas a gritar a mí también y yo no quiero hacerlo.
Trátame con amabilidad y cordialidad igual que a tus amigos. Que seamos familia, no significa que no podamos ser amigos.
Si hago algo malo, no me preguntes por qué lo hice. A veces, ni yo mismo lo sé.
No digas mentiras delante de mí, ni me pidas que las diga por ti (aunque sea para sacarte de un apuro). Haces que pierda la fe en lo que dices y me siento mal.
Cuando te equivoques en algo, admítelo. Mejorará mi opinión de ti y me enseñarás a admitir también mis errores.
No me compares con nadie, en especial con mis hermanos. Si me haces parecer mejor que los demás, alguien va a sufrir y si me haces parecer peor, seré yo quien sufra.
Déjame valerme por mí mismo. Si tú lo haces todo por mí, yo no podré aprender.
No me des siempre órdenes. Pídemelo con cariño y amabilidad, lo haré más rápido y con gusto.
No cambies de opinión tan a menudo sobre lo que debo hacer. Decide pensando en lo que me hace bien y mantén esa posición.
Cumple las promesas, buenas o malas. Si me prometes un premio, dámelo; pero si es un castigo (que tenga relación con la falta), también.
Trata de comprenderme y ayudarme. Cuando te cuente un problema no me digas: "eso no tiene importancia...", porque para mí sí la tiene.
No me digas que haga algo que tú no haces. Yo aprenderé y haré siempre lo que tú hagas, aunque no me lo digas. Pero nunca haré lo que tú digas y no hagas.
No me des todo lo que te pido. A veces, sólo pido para ver cuánto puedo recibir.
Quiéreme y dímelo. A mí me gusta oírtelo decir, aunque tú no creas necesario decírmelo.

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