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viernes, 14 de julio de 2017

Padre


Padre: lo único cierto 
es que tú no estás muerto.

Otros, tienen sus dioses, sus amigos lejanos; 
otros tienden las manos 
abiertas hacia verdes promesas imposibles, 
y esperan, recostados sobre la piedra dura 
de la paciencia, el pan de la dicha futura 
y el agua de venturas risibles. 
Están sobre el camino polvoriento 
deshojando sus preces en el viento; 
lamiendo las sandalias de las vírgenes, 
encendiéndoles velas a los santos 
y adulando una suerte de seres vengativos 
a quienes, desde luego, 
les da lo mismo, en suma, ser amables o esquivos. 
(Eso, si es que conocen todos nuestros quebrantos)

Yo, no. Yo solo tengo 
tu sombra inteligente; 
tu sombra que vigila 
con atenta pupila 
todas las tempestades que rugen tras mi frente; 
tu sombra, que me enseña las sendas de la Senda; 
la que lleva mi potro cerrero de la brida; 
la que acampa conmigo después junto a mi tienda 
¡y mis camellos y tesoros cuida!

Quizás no sepas, padre, que cuando tú partiste 
yo empezaba a ser triste. 
Ya estaba frente al vasto pizarrón de las cosas, 
con su sistema de ecuaciones odiosas, 
la tiza que me diste en la mano, 
y la frente fruncida, 
tratando de arrancarle, en vano, 
su incógnita a la vida. 
Pero yo sé que ahora me estás viendo, querido. 
Sé que estás a mi lado, 
seguramente empeñado 
en que recuperemos el tiempo perdido.

Por eso eres, padre, el único a quien pido.
Lo que yo quiero es esto: 
(bien poco; ya tú sabes que siempre fui modesto)

Tú, que no duermes, vela mi pobrecito sueño; 
tú, que eres fuerte, dame tu ayudita en la carga; 
tú que eres ágil sobre tu propia senda larga 
ponme fibras de amianto para mi duro empeño.

Hazme franco, sencillo, luminoso, risueño, 
ya si el placer me aniña, ya si el dolor me embarga 
vierte tu miel de abejas sobre mi copa amarga 
¡Y sobre todo, padre, hazme mi propio dueño!

Tenme siempre a tu lado como antes me tenías, 
disimula mis faltas, vibra en mis alegrías; 
cuida de que nos dure para siempre mamá. 
Envuélveme en ti mismo, ya que no puedo verte, 
y espérame en la hora confusa de la muerte 
para que me acompañes…

                                             ¡Hasta luego, papá…!

jueves, 16 de julio de 2015

Ni una gota quedó



La vida empieza a correr
de un manantial, como un río;
a veces, el cauce sube,
a veces, el cauce sube,
y otras se queda vacío.

Del manantial que brotó
para darte vida a ti,
ay, ni una gota quedó
para mí:
la tierra se lo bebió.

Aunque tú digas que no,
el mundo sabe que sí,
que ni una gota quedó
del manantial que brotó
para darte vida a ti.

(10 de julio de 1902 - 16 de julio de 1989)

miércoles, 9 de julio de 2014

Todas las manos


LA MURALLA


Para hacer esta muralla,
tráiganme todas las manos:
Los negros, su manos negras,
los blancos, sus blancas manos.
Ay,
una muralla que vaya
desde la playa hasta el monte,
desde el monte hasta la playa, bien,
allá sobre el horizonte.

—¡Tun, tun!
—¿Quién es?
—Una rosa y un clavel...
—¡Abre la muralla!
—¡Tun, tun!
—¿Quién es?
—El sable del coronel...
—¡Cierra la muralla!
—¡Tun, tun!
—¿Quién es?
—La paloma y el laurel... 
—¡Abre la muralla!
—¡Tun, tun!
—¿Quién es?
—El alacrán y el ciempiés...
—¡Cierra la muralla!

Al corazón del amigo,
abre la muralla;
al veneno y al puñal,
cierra la muralla;
al mirto y la yerbabuena,
abre la muralla;
al diente de la serpiente,
cierra la muralla;
al ruiseñor en la flor,
abre la muralla...

Alcemos una muralla
juntando todas las manos;
los negros, sus manos negras,
los blancos, sus blancas manos.
Una muralla que vaya
desde la playa hasta el monte,
desde el monte hasta la playa, bien,
allá sobre el horizonte...

Nicolás Guillén

(10 de julio de 1902 - 16 de julio de 1989)

jueves, 15 de julio de 2010

Canción



¡De qué callada manera
se me adentra usted sonriendo,
como si fuera la primavera!
¡Yo, muriendo!

Y de qué modo sutil
me derramó en la camisa
todas las flores de abril

¿Quién le dijo que yo era
risa siempre, nunca llanto,
como si fuera
la primavera?
¡No soy tanto!

En cambio, ¡Qué espiritual
que usted me brinde una rosa
de su rosal principal!

De qué callada manera
se me adentra usted sonriendo,
como si fuera la primavera
¡Yo, muriendo!

Nicolás Guillén (1902 - 1989)